El Testigo que mira

Cuando un cliente viene a verme cree que lo ha hecho todo, o casi todo.  Su frustración le empuja a buscar una opción.

Quiere que algo cambie. Sin embargo, su diálogo interior anula el discernimiento: sólo él conoce lo que le pasa, pero enreda la solución.

Ésta permanece alejada de su comportamiento. La solución se esfuma con la mirada puesta en otra persona.

“Que cambie”; “Que haga algo diferente”; “Que me lo ponga fácil”; “Que aporte algo”; Ques, que equivalen a cientos de peticiones insatisfechas.

¿Quién vive lo que pasa?  Ese gap, donde olvidamos el quién, es parecido al punto ciego de los conductores.

Hay un punto negado en el pensamiento que aborta nuestras intenciones al comunicarnos. Se empieza con diálogo  y se termina en monólogo:  reproches, reclamo, deseo de venganza, envidia, sentimiento de pérdida, o sensación de no merecer.

Da igual la categoría que demos a la relación: entre padres e hijos; amigos, conocidos, pareja, matrimonio, colaboradores, socios. Sólo varía la intensidad dramática, que es proporcional al tamaño del gap.

Un gap arropado de deseos no cumplidos.

En una sesión, el cliente se da cuenta, de que es testigo de lo que pasa, y por lo tanto tiene la solución. Las respuestas que busca. Que quiera asumir plenamente lo que eso significa es otra cosa.

Desear ir más allá de la polaridad a la que se adscribe toda relación humana.

Sin embargo, quien siente el malestar, conoce la cura. La solución habita en el propio campo de actuación: en la identidad desconocida.

Me hace responsable de lo que se quiere cambiar; permanecer sin condena, en la zona de confort; ó,  elegir sentirnos con dolor y culpa. Son caminos de la experiencia relacional que  nos autoafirman para descubrir quiénes somos.

Quien mira lo que pasa, además de ser testigo, interpreta.

En su propia capacidad interpretativa reside la felicidad o el infortunio. Así que reconocer al testigo es también superar el punto ciego, y la idea de contrarios adscrita al sufrimiento.

La díada de las relaciones se apoya en una fabricación limitadora de uno mismo. Algo que cambia cuando nos conocemos. El recuerdo de ¿Quién soy?.

Y vaya paradoja. Entonces se reconocen otras identidades y las relaciones son una suma al experimentarnos completos.

Esta es mi experiencia de los últimos 14 años.

 

Grace, Inteligencia Emocional y Coach Transpersonal

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Acerca de Enrelaciones con Graciela Large

Las personas están ahí, por todas partes. Relacionarnos con ellas nos da plenitud, o nos condena. Los ojos al mirar miden al instante, la seguridad para expresarnos. Esa confianza que nos inspira la percepción es en realidad un búmeran que nos dice: ¿quién soy? Las relaciones interpersonales entre amigos, parejas, padres e hijos, es la metáfora de mi propio aprendizaje. Un día caí en la cuenta que mi identidad se mira, se recuerda, y suma al relacionarse. A partir de ese momento supe que escuchar, respetar y facilitar da sentido a mi vida. Cada vez que lo hago, además de plenitud, recupero para mí y para el otro el valor más preciado: la libertad. Graciela Large de la Hoz Coaching e Inteligencia Emocional Experta en Comunicación, Formadora y Periodista
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