Tú propósito con Graciela Large

Os presento mi nueva colaboración con el canal TLS de Barranquilla. Minidosis para empezar el día de una forma diferente y que han empezado a emitirse este lunes.

Graciela

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Cruzando la frontera de la cordura

mafalda NO SE RINDE

Este artículo surge al querer indagar en dos preguntas: ¿qué lleva a una persona a obsesionarse hasta matar lo que dice que ama? ¿Qué lleva a hombres y mujeres a elegir una y otra vez relaciones donde pierden su valoración personal?

Quien se obsesiona se deprime. Y viceversa. Con ambas se crea una línea invisible muy frágil que cuando se cruza da lugar a actos que no conducen a ninguna parte. Cuando la persona se polariza se desborda emocionalmente. Y en ese estado vivir en violencia social o autoagredirse es un paso que dan millones de personas en el mundo.

La obsesión tiene como trampa que jamás se consigue aquello a lo que le damos vueltas y más vueltas. Y la depresión es una herida sangrante de impotencia. En ambos casos la persona ni se conoce, ni se ama. Está desconectada de su verdadero propósito y convierte a una persona, una situación, o un logro en una búsqueda imposible.

Su esperanza está en que algo pase, y eso que quiere en realidad nunca sucede. Y si pareciera que ocurre, en algún momento el desencanto sucede a la exaltación inicial. 

Es más, si la mente cree en la venganza, de que es injusto lo que pasa, la reacción de ataque estará justificada para la persona.  Si se siente fuerte agrede, si se percibe débil se castiga. Se actúa desde una perspectiva distorsionada de sí mismo.

Hay escondida una petición de ayuda que sólo puede comprender y resolver quien lo experimenta. Obsesión y depresión se convierten en un verdadero dramón emocional cuando se vincula al logro del amor de una persona, o a una valoración de reconocimiento por cualidades que crees tener en el trabajo.  

Cuando la persona se ha vencido a sí misma en la repetición de experiencias frustradas. Eso pesa. Y mucho más sino hay un hábito de reflexión o introspección donde veamos lo que sucede como una experiencia de aprendizaje. 

Tengamos presente la paradoja que se esconde detrás de la obsesión y de la depresión: quien elige, aunque su intención sea superar una creencia limitadora de sí mismo, no acierta.

Más pronto que tarde confirma el dolor acumulado debido a una mirada contaminada y sesgada de sí mismo. Si es una relación de pareja se piensa entonces que lo natural es que nos den lo que pedimos. Y lo sería si fueran elecciones desde la afinidad entre iguales.

Hacemos elecciones desde una convicción: me tienes que dar lo que no tengo. 

La frustración de no cubrir lo que se desea termina por romper el equilibrio emocional que nos permite decirnos, yo me amo, me acepto y me valoro, y cada cual es libre de actuar como necesite. Es más, llega un momento que sólo un instante, un gesto, o una palabra de alguien basta para desencadenar todo un recuerdo acumulado que nos resiente.

Para entender la obsesión y la depresión en uno mismo hay que saber leer entre líneas en nuestros actos cotidianos. Lo que sentimos al final del día son una pista. Si hay comparación, desmotivación, queja y tristeza como colofón, día tras día, se van cuajando a lo largo de la vida estos dos estados hasta que se vuelven crónicos. 

Una vez asimilados a una rutina de vida si nos conocemos poco y además estamos resentidos por la necesidad de aceptación, el entorno y las relaciones se convierten en los mayores agresores de nuestra autoestima y la seguridad en uno mismo.

El recurso de quien no sabe manejar sus emociones siempre es la inconsciencia, y es una puerta que conduce primero a la obsesión y luego a la depresión. Una vez cruzado el umbral perdemos nuestra mejor cualidad que nos hace humanos: vivir con sentido y propósito.  La capacidad de conectar actos, emociones y pensamientos, e ir más allá de uno mismo para comprobar que todos formamos una unidad. 

 

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Gabo y un día de mi vida

 

Gabriel_Garcia_Marquez_1984Gabo se ha ido. Cuando le dieron el premio Nobel vivía en Cartagena de Indias. Era una jovencísima periodista, que llevaba poco tiempo fuera de su casa. Me fui de Barranquilla a probar suerte porque estaba enamorada, aunque a mi padre y a mí misma me dije que era por la profesión.

Y a larga eso me hizo crecer. Sin entender muy bien porqué se me encomendó la misión de entrevistarle. ¡Encuentra algo que sea diferente! Esa fue la consigna. Sin tener mucha consciencia de lo que eso podría suponer me fui de la redacción. Arnaldo Valencia, mi jefe de ese entonces en Caracol radio de Cartagena, quería un reportaje para su semanario.

Perseguí a Gabo durante horas por toda la ciudad sin éxito. Inaccesible con su sonrisa, una simpatía que admitía abrazos, apretones de manos, y sudores.  Se dejaba hacer por casi todos, bajo el halo protector de su mujer, Mercedes.

No estaba para entrevistas. En él sólo había unas enormes ganas de gozar con el pueblo un reconocimiento que convertía la idiosincrasia del mundo costeño en universal. Feliz, natural y auténtico dejaba que la corte de personas pudientes, políticos y reinas de belleza pulularan a su alrededor.

No desistí en mi cometido. Creí que en su casa familiar de Cartagena tendría alguna oportunidad. Y así fue como estuve de guardia tras la verja de una casa con un patio lleno de plantas, suelo de baldosas y varias mecedoras. Me asomaba a la reja, esperando. Me puse a hablar con uno de sus hermanos, más conocido por ser el que no hacía nada en especial.

Su parecido físico con su hermano famoso era enorme, aunque mucho más joven. Lisonjero y coqueto me empezó a contar cosas suyas. En el barrio el hermano de García Marquez era el pintas que vivía del cuento y a quien todo el mundo quería. A su hermano sí,  le habían dado un premio, pero eso a él no le cambiaba la vida.  Seguía en su mecedora, riendo y hablando con todo aquel que preguntaba. Era también su minuto de gloria.

Esa tarde calurosa de celebración toda la ciudad se engalanó para festejar con el hijo preferido de Cartagena. En mi imaginación me decía si alguna vez podría ser tan buena periodista como Gabo, por el simple hecho de haber trabajado en los dos sitios donde él empezó: los periódicos, el Universal de Cartagena y el Heraldo de Barranquilla.

Y con esa idea estuve allí esperando hasta su salida, sin que pudiese sacar media palabra.

Gabo ese día decidió estar en el único lugar que hacía honor a su gran alegría: con su gente. Los personajes de sus libros estaban por todas partes.  El amor en los tiempos de cólera, su libro favorito, era una página abierta, más que viva ese día en Cartagena de Indias. Bastaba con darse un paseo por la ciudad amurallada y e ir recorriendo los puestos del portal de los dulces.

Las autoridades habían organizado el convite en lo alto de la muralla, en la parte de la Alcaldía que mira hacia la bahía de las ánimas, mientras, abajo los cartageneros, como un sólo hombre, se apretujaban en la avenida, pegados a la pared de piedra. 

Un festejo con discursos y música. Arriba los dignatarios, y abajo la plebe. Gabo rompió el protocolo, y se bajó a donde Ellos, su gente, y bailó hasta el cansancio, confundido entre la multitud que le vitoreaba. El sabía darle alma, belleza y sentido a personas y personajes que para mí tan sólo eran lo habitual. 

Cuando volví a la redacción creía no tener nada que contar. Y una vez me escuchó mi jefe me dijo: ¡tienes un gran reportaje!. ¿Qué tal si escribes sobre García Márquez el Vago?

Le miré perpleja. ¿Qué me decía si García Márquez era conocido por tener una voluntad y una disciplina diaria para escribir? Se río y me dijo, me refiero a su hermano.

Gabo forjó un momento de mi vida. ¡Inolvidable! Me permitió descubrir la creatividad de mi jefe, la posibilidad de otra perspectiva, y que pese a mi determinación, es preferible cambiar el foco de los objetivos si quieres dar sentido a una experiencia.

Gracias maestro. Ante tu grandeza es imposible no rendirse a tu CREATIVIDAD.

 

 

 

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Educando en Confianza…a cualquier edad

Que al día siguiente, como muy tarde, se aplique lo aprendido confirma una competencia práctica sana. Hay excelencia cuando se hace a diario. ¿Qué decir entonces de nuestros adolescentes que quedaron a la cola en el último informe Pisa?

Uno de los indicadores no superados fue la elección de un billete combinado de metro, que podría asimilarse al rito de pubertad o iniciación que marca el paso a la edad adulta en otras culturas.

Se realizaron mediciones en habilidades prácticas. El resultado revela serias dificultades para subir en el escalón básico de la supervivencia: la capacidad de orientarse y resolver los imprevistos con los medios propios de la época.

Pisa es una prueba no superada. Se pide una metodología diferente en las aulas que dote a los alumnos de habilidades necesarias para aplicar conocimientos. Es una voz que pareciera tener consenso. Me pregunto si sigue mirando el síntoma y no la enfermedad.

¿Cuál es la responsabilidad que se comparte? ¿Y quienes la comparten?

Las aulas, los hogares y los legisladores están implicados en una tarea que puede dar sentido al sistema educativo: lograr que el joven confíe en sí mismo, para que a su vez confíe en que puede ser útil a la sociedad.

Hacerlo desde respetar quién es, y sabiendo escuchar su propia naturaleza. El respeto y la escucha de su persona es lo que pondrá a prueba hasta el final de la adolescencia, teniendo que compartir y definirse con sus iguales.

La confianza entonces se construye antes de ser un adolescente, durante la infancia, y se consolida justo entre los 12 y los 16 años. Los chicos que participaron en el informe Pisa estaban en esta franja de edad.

Tener confianza trae consigo poder, valer y saber. Y equivale a tener activa la competencia práctica, que convierte en excelente la habilidad de aplicar conocimientos. Y el primer conocimiento a aplicar es aquel que se tiene sobre sí mismo.

Conozco muy pocos chicos que entren en esta etapa sin complejos, o que no compensen con actitudes extremas sus miedos, ya sea por exceso o defecto de confianza. Necesitan estar en contacto con sus fortalezas y valores.

No tienen ningún rodaje al respecto. Las actuaciones que repudian sus padres o la sociedad es una llamada de atención a esa necesidad de confiar en ellos y en sus capacidades.

De ahí que la confianza sea un concepto muerto cuando no hay voluntad para levantarse, estudiar, asistir a clase, deseo de superación y que las habilidades prácticas estén a nuestro servicio. La realidad de muchos adolescentes no sólo en España.

Políticas educativas partidistas, cada cierto tiempo, según el gobierno de turno; metodologías que en el aula adormecen las capacidades innatas; y el desconocimiento de los padres del proceso evolutivo del niño y de su papel, agravan de continuo la situación.

Hace falta un gran pacto de estado entre todos que de valor a la educación en Confianza a cualquier edad. Un proceso de activación que empieza en la relación de los padres al concebir el hijo, y en la relación de la madre con El Niño, especialmente de 0 a 1 año.

Entender que en la escuela no se genera la confianza, sino que se activa, se potencia y se hace fuerte, también es necesario. La escuela tiene influencia si los padres se responsabilizan de asentar los valores en El Niño durante toda su infancia.

Lograrlo tiene una condición: el autoconocimiento. Conocer también su modelo de relación de pareja, y la observación de quién es realmente el hijo. Una apuesta de querer ser maestro y no sólo padre.

Esto facilita crecer en Confianza, toda la familia, y dejar a un lado expectativas personales no resueltas. Si la personalidad del padre no está en medio a la hora de mirar los hijos, las fortalezas y aprendizajes se reconocen.

Cuando el joven niega el esfuerzo y además no sabe ponerse metas, defenderse, o se ahoga emocionalmente, revela que ha anulado el primer principio del hombre: la voluntad. Y sin ella, las habilidades merman y queda fuera de juego la competencia práctica. Así, en vez de aplicar conocimientos se va borrando lo que se sí sabe.

Noticia sobre el Informe Pisa en El País

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¿Somos corruptos o lo parecemos?

La corrupción se atribuye a los políticos. Arrojamos piedras a un mal social que creemos alejado de nuestra realidad personal. ¿Es así realmente? 

Se dice que hay corrupción cuando una persona rompe su ética y sus compromisos.

Si no cumplimos con nuestra agenda, por ejemplo, ¿sería entonces un acto de corrupción? ¿O si decimos que es mejor dormir pronto, y no lo hacemos? Caer con el chocolate; tener sexo con el marido de mi amiga; o estar horas por internet, ¿lo son también?

¿Acaso el placer, o esas “debilidades” son una forma personal de corrupción?

La corrupción social de nuestros políticos se acompaña de deseos: de poder, de riquezas, de grandeza, de dominio… formas que históricamente buscan compensar a quien lo ejerce, y que, pese a la satisfacción que se obtiene, contraviene valores, principios e intereses de estabilidad y libertad.

En lo personal, la ética y los compromisos empiezan a desdibujarse desde la familia. Cuando los padres anteponen sus expectativas y deseos al conocimiento de sus hijos, se genera la primera corrupción: he de responder a lo que esperan de mí.

Alicia vino a verme porque su angustia ponía en duda todo por lo que había apostado. Desde los seis años quiere ser trabajadora social. Estudió y se graduó para ello. Ahora tiene 25. La cárcel con mujeres es uno de los sitios de práctica.

Tuvo que volver a casa con sus padres después de unos años de independencia.  Los efectos de la crisis. Así que, a la precariedad del sector, se suman otras dudas: ¿es esta mi profesión? ¿Tendrán razón mis padres?

Se reconoce con vocación, sin embargo, cree que sus padres lo pasarán muy mal si ella se marcha a otro país. Y hay que contar también con la alergia. Las veces que ha viajado para prácticas fuera de España se enrojece una parte de su rostro, y sufre picores insoportables.

Quedarse tampoco es fácil. No encuentra argumentos para defender sus ideas ante un tutor tradicional. ¿Será esto realmente lo mío?, se pregunta.

La angustia, y la confusión que siente, delatan una forma primaria de corrupción: con uno mismo. En ella pesa más la visión de sus padres, y de figuras que los representan, que sus propios valores o criterios.

Sin preguntarle, sus padres han decidido que trabaje en la empresa familiar, y a diario, le hablan de su preocupación por lo que pueda pasarle en los sitios donde ejerce como trabajadora social.

Como Alicia muchos de nosotros necesitamos activar en nuestras relaciones la capacidad de permanecer en nuestros valores. Y eso pide tener asentado nuestro poder personal y el saber qué se quiere a partir de estos criterios muy personales.

Somos corruptos cuando nos traicionamos a nosotros mismos. Esto hace que nuestras emociones no nos dejen en paz.

Alicia está aprendiendo a gestionar sus emociones para asentar sus valores y soltar el apego que experimenta al querer responder a los deseos de sus padres.

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La huella de la madre

La primera relación se tiene con mamá.  Aunque en el inicio, dentro del útero, sea una simbiosis que de adultos se recuerda en el orgasmo. De ahí el atractivo de enamorarnos.

Mamá equivale, en un primer momento, a una mezcla de sensaciones iniciales como: comida, supervivencia, éxtasis, protección, que se van elaborando hasta que nos reconocemos independientes y con una identidad. O por lo menos eso creemos.

Ese proyecto de identidad da paso a que a los cuatro años dejemos de verla como proveedora para desear ser aceptados, valorados y queridos por ella.

¿Cómo ha sido su presencia al reconocernos con capacidad de sobrevivir, o no? ¿Fuimos válidos para ella, o condicionó el aceptarnos a sus expectativas?

Es fácil. Sólo tenemos que observar cómo se comportan nuestras emociones; las elecciones de amistad que hacemos, y el tipo de vínculo afectivo que establecemos. Especialmente lo que pensamos de nosotros acerca de:

  • Nuestra imagen, forma de vestir, y fisionomía del cuerpo.

Las madres tienden a tratar a sus hijos pequeños hasta los 4 años como si éstos necesitasen de ella la aceptación, la valoración y el cariño, cuando justo están en la etapa previa, la más instintiva. Necesitan sentir que pueden, regular todo su sistema orgánico, y responder a los estímulos, hasta conseguir adaptarse al medio y al cuerpo.

Hacen lo contrario. Y cuando llega el cambio, y lo importante es la aceptación, perciben a sus hijos demasiado alterados e inquietos. Reprimen, se vuelven irascibles, o lo toleran todo, sin facilitar el aprendizaje emocional, o directamente lo inhiben en sus hijos.

Es así como a nivel afectivo lo que haga mamá de 0 a 6 años da lugar a dos cosas:

  • Que nos reconozcamos con la voluntad para experimentarnos completos al relacionarnos.
  • Que las emociones sea un útil cuando se experimenten, siendo capaces de reconocer que al sentir el malestar éste nos pide responsabilidad. Responder a la pregunta: ¿Qué cambio necesito?

Sabemos que estamos aquí cuando en nuestras relaciones nos sentimos merecedores de amor, cariño, respeto, y bienestar, sin que recibir sea una condición para experimentarnos felices, ni tampoco para que nos defina en nuestra identidad.

También sabemos que no estamos allí cuando nos percibimos permanentemente airados al sentirnos dejados en la estacada por otras personas; o nos aferramos a la compañía; a relaciones desgastadas; o a trabajos que nos infravaloran, cuando deberíamos renunciar a todo ello.

La diferencia entre un estado y otro está en sentirnos satisfechos con nuestra realidad, dado que ésta satisface nuestras necesidades y nos hace felices, estemos solos o en compañía.

Lo contrario es una inseguridad interior y un sentir de no tener lo suficiente, que además se acrecienta cuando socialmente hay dificultades económicas y políticas.

En definitiva, quien se conoce y se acepta emocionalmente trata de dar en lugar de recibir, dado que su voluntad está en construir las relaciones y potenciar a las personas con las que se relaciona.

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Mi amigo el gallo Chillón

Culpar es un recurso de las personas que se conocen poco. Cuando algo no sale bien decimos: me enfado conmigo mismo. Una forma disfrazada de culpa, en la que somos víctimas de nuestra incapacidad.

Y si decimos que alguien nos impide algo, o su influencia es tóxica, saboteando el sentirnos bien, el tener éxito, o cualquier logro, entonces disfrazamos la incapacidad de culpa.

Ambas situaciones nos piden ver cuál es la capacidad y un plan de desarrollo. La función de la culpa es abortar las dos opciones. El resultado: quitarnos el traje de la responsabilidad que permite encontrar soluciones.

Hay otra tercera modalidad de culpa, muy socorrida. Es cuando pensamos que algo es injusto.

Si promocionan a una persona a una categoría superior y se piensa que no tiene los méritos suficientes con respecto a otros, o a uno mismo, decimos: es una injusticia.

Esto se hace en ocasiones sin que medie un interés directo por el puesto en cuestión.

Este ejemplo que os comento salió en una conversación donde la persona revisaba qué le hace desconectar y no escuchar.

En principio pareciera no existir conexión, y para quien puso el ejemplo, tampoco la tenía en ese momento.

Se trataba de una promoción laboral mirada con los ojos de alguien que tiene el foco en si hace, o no hace, las cosas bien.

La metáfora que explica su actitud es la de un gallo chillón, encima del hombro, que todo el día le hostiga sin percibir que su identidad está disociada.

Es más, cree que es el gallo chillón, y mucho menos le reconoce.

Sin embargo, cuando las personas le hablan, o se dan determinadas situaciones, ejercen la misma influencia en su estado de ánimo que la extorsión permanente del gallo chillón.

A este hombre, que no tiene más de 40 años, no le interesa la promoción, no obstante, su forma de percibir la decisión está condicionada por una valoración subjetiva que tiene ver con su propia identidad. Concretamente, con un aspecto de ella que está sin resolver.

Hay una tendencia desde muy joven, a rastrear, calibrar y medir, quiénes son los mejores con respecto a sí mismo. Lo hace sin darse cuenta.

Valora situaciones y personas sin asociar esa necesidad a un concepto que tiene de sí mismo.  El origen de su continúa incertidumbre y de sus miedos.

Su personalidad se inventó una especie de termostato interno que desconecta de la escucha cuando hay “riesgo” de no ser el mejor, o pareciera que las ideas del otro le dejan en evidencia.

Hay duda y debate interno. Y la pregunta que anima el gallinero es ¿por qué no tengo las ideas claras? Una claridad que compite en la sombra con el fantasma de ser el mejor, cuya existencia empieza a reconocer.

 

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